La espada tenía nombre: Fortuna. Era un mandoble pesado, con un pequeño
adorno en forma de ondas en el pomo redondo, ya muy desgastado por el
paso del tiempo. Había estado en su familia durante cuatro generaciones. Medía de alto bastante más que su padre, que había sido un hombre fornido, lo que la hacía pensar que quizá hubo algún gigante entre sus antepasados. En todo caso, era un arma demasiado grande y pesada para que una chiquilla flacucha pudiera usarla con efectividad y resultaba bastante decepcionante como única herencia.
Sin embargo, era un acero de gran calidad, y en cantidad suficiente para poder fundirlo en dos filos bien equilibrados, el tipo de espada corta que penetra fácilmente entre las placas de una armadura para clavarse en el costado. Dos armas letales en unas manos ágiles que supieran cómo usarlas.
Alguien que escuchó la historia opinó que quizá fuese un mal presagio partir la Fortuna en dos. Ella respondió que hace tiempo que se fabrica la suya.
18:51
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Esperanza
Yo ni siquiera debería haber estado en cubierta pero, aunque en consideración a mi rango me habían adjudicado el mejor camarote, el calor me impedía dormir y pensé subir a respirar y mirar las estrellas. La noche era tranquila y el sonido de las olas contra las tablas del casco resultaba agradable. Entonces, un destello blanco en el agua atrajo mi atención. Pensé que era espuma, pero pronto ví que era una cabellera brillante y blanca cono la nieve. Otra cabeza, de pelo azulado, emergió a su lado y escuché cerca, allí abajo, una risa suave, casi infantil.
Recuerdo la canción como un trance, igual que esas veces que sueñas con algo tan hermoso que después no puedes describirlo. No sé cuando empezó ni cuanto duró realmente, pero debió fascinar de igual modo al timonel y los otros marineros. Cuando pude reaccionar, el barco se partía con un crujido, y yo intentaba aferrarme a la madera en que minutos antes estaba apoyado. Los hombres gritaban, la música se convirtió en chillidos de satisfacción animal y el olor a sangre se mezcló con la sal en el aire. Algo que no llegué a ver me sujetó y me arrastró al fondo. Intenté liberarme sin éxito.
Recuperé el conocimiento horas más tarde, sobre la arena seca. El pecho me ardía, y la cabeza me dolía tanto que apenas podía abrir los ojos. Y entonces... la ví. Creo que me estaba sonriendo.
(Hice una versión previa de este dibujo, a lápiz, que podéis ver
aquí)
18:32
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Esperanza
Lo que no contarán las crónicas es que las voces de los pocos que me acompañaron a la boca de la cueva se fueron apagando al doblar el primer recodo. Que tuve que detenerme para que mis ojos se acostumbraran a la oscuridad y, también, para reunir el valor que iba a necesitar para seguir. No hablarán de la humedad que subía del fondo del pasaje, de la mezcla de olores, a hierro, agua y sangre. No contarán que temí haberme perdido entre los pasajes de piedra, porque nadie ha salido con vida de las cuevas para dibujar un mapa, ni de lo que se movió en mi interior con la primera de las armas que reconocí, tirada en el suelo y rota.
Quizá, por darle emoción al relato, cuenten como el agua empezó a moverse, apenas unos destellos en la penumbra, donde acababa la bóveda, y describan el sonido de un animal inmenso al surgir del lago y pisar el suelo, en mi dirección. Lo que las historias sí contarán, o eso espero, es que yo maté al monstruo y nunca más regresó.
(Texto e ilustración de Esperanza Peinado)
13:03
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Esperanza
No me gustan las bolsitas de té. No es que sean feas (que lo son), o que afecten al sabor, es que no me gusta el sonido que hacen.
¿Lo habéis notado? Se escucha especialmente cuando paras los relojes. Yo necesito el sonido del agua al caer, de la cerámica trabajada con esmero -cada pieza, única, perfecta- al dejarla sobre la mesa, al levantar la tapa y colocarla de nuevo en su lugar. El roce de las hojas entre sí, el té al moverse en la taza, mi gato entrando desde el jardín. Los pájaros, la lluvia, el aire. El conocimiento de que cualquier otro sonido que interrumpa esto, será tan valioso como para merecerlo.
Como algunas casas tienen la habitación del pánico, mi vida necesita la ceremonia del té.
18:11
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Esperanza
Le encanta su trabajo. Se mueve por los conductos como si hubiera nacido en ellos, esquivando las pesas, las cadenas y los dientes afilados de los engranajes instintivamente, sin necesidad de calcular las cadencias. Sus gafas cuentan con filtros para los pasajes más oscuros, aunque sólo las necesita si debe reparar algo. Para desplazarse, le basta con escuchar.
Una vez vino un cómico a documentarse para una escena. Le mostró apenas un par de las salas más seguras pero, aún así, parecía muy impresionado: "¿No tienes miedo de quedar atrapada en un mecanismo?" le preguntó. Ella le miró sin comprender, aunque se rió cuando vió la película en una sala de proyecciones, como todos los demás. Era muy absurdo.
Se arrastra o trepa por los ejes y los conductos de vapor, evitando los más calientes, y se asegura de que todo funciona siempre correctamente. Y fuera, sobre la tierra, el inmenso monstruo sigue caminando.
21:49
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Esperanza
Caleb se detuvo en lo alto de la
colina y examinó el paisaje con gesto
crítico.
No estaba tan mal. La marea
empezaba a retirarse y probablemente pudiese atravesar la marisma sin más
problemas que el barro en las botas. Una vez en el bosquecillo, podría montar
un pequeño campamento e incluso pescar
algo de cena, para variar. Era posible que el agua borrara su rastro al subir
de nuevo, si es que sus perseguidores no llegaban antes.
Esa era toda la buena suerte que
podía esperar. Quedaban muchos días de camino antes de llegar a algún lugar
civilizado, bien pasadas las montañas, y las posibilidades de conseguir
alimentos serían escasas de allí en adelante. Eso por no hablar de las leyendas
sobre los moradores de las islas, claro. No es que él fuera supersticioso pero,
ya sabes, se escuchaban historias.
Caleb se ajustó la capa –la bruma
empezaba a filtrarse hacia los huesos- , arregló la manta del pequeño bulto
dormido que cargaba en brazos y, con un suspiro, comenzó el descenso.
(Ilustración de Esperanza Peinado)
17:27
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Esperanza

El cuadro era una ciudad vista de lejos, entre los árboles, creo. O unas ruinas, quizás, no me fijé demasiado. Había un tipo delante que, por su entusiamo, debía de ser la madre del pintor, y no dejaba de recrearse en la soltura de la pincelada, en las influencias de Giorgione y el tratamiento del color tan propio de Marc y en la transparencia pesada del aire, o algo así. Parecía tener para largo. Yo miraba a la chica del pelo recogido, la melena color arena tostada, la nuca perfecta. No podía verle la cara y parecía absorta en la explicación, o quizá simplemente admiraba la pintura. Imaginé que se giraba y me sonreía y que su sonrisa era tan perfecta como su nuca y la red que formaba su pelo. Me moví ligeramente a la izquierda (no había mucho sitio) para poder ver la curva de su mejilla, prometedora. Pensé en acercarme y decirle algo, pero ni siquiera me acordaba del nombre del autor de ese cuadro que la interesaba tanto y, de todos modos, la sala estaba tan llena... costaba saber si ella también había venido sola. Quizá podía, simplemente, aparecer con una copa y presentarme.
Y entonces, ella se giró de repente y yo dejé de respirar.
22:10
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Esperanza
Repaso las notas del profesor Sheffield
intentando averiguar dónde está el problema, pero no encuentro la clave y,
obviamente, ya no me es posible preguntarle a él. Cuento con aproximadamente
300 páginas (tres cuadernos) de cálculos minuciosos, varios pliegos de planos
muy detallados e incluso una maqueta realizada por el propio profesor
Sheffield. Incluso tuvo la amabilidad de venir a morirse exactamente sobre el pentagrama donde debíamos construir la
máquina, para conseguir la mayor precisión posible. Todos los que nos
encontrábamos esa noche en el teatro sabemos hasta qué punto esto último fue inoportuno
para él.
Y sin embargo, cuando hemos puesto
la máquina en funcionamiento, sólo ha aparecido esta niña desconcertante, en
absoluto cualificada para dar un informe científico completo de los otros
planos de existencia. No hace más que cantar y jugar a la rayuela y, a veces,
se trae una muñeca.
De modo que no sé qué hacer. Rusell
propone estúpidamente desconectar la máquina y volver a conectarla. Esto no nos
conduce a ninguna parte.
(Ilustración de Esperanza Peinado Plaza)
22:13
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Esperanza
Desde el principio puso especial cuidado al pintar ésta.
Era de un mirmillón, ese tipo de gladiador romano que en las películas no suele
pasar de extra, probablemente porque no se les ve la cara. La verdad, no le
presté mucha atención (tiene ejércitos completos) pero sí me di cuenta de que
le dedicaba más tiempo a los degradados y los brilllos, de que le buscaba más
matices a las telas, de que cambió un par de veces el color para obtener el
mejor efecto. Y, una vez terminada, la colocó junto a la cama, entre el
despertador y la lámpara. Lo último que mirar al apagar la luz.
Luego empezó el ejercicio. Y le venía muy bien, en realidad.
Pasaba mucho tiempo sentado entre unas y otras cosas. Pero, en algún momento, todo
se volvió excesivo. Y ¿Qué le voy a decir? ¿Que no me gusta que tenga la figura
en la mesa de noche? Yo en la mía tengo un conejo de trapo. Ayer pasé junto al
cuarto mientras hacía flexiones y le escuché murmurar. Habla tan poco
últimamente que me sobresalté. Repetía:
-
- La espada atada al brazo es una con el brazo,
clava y corta. El escudo de un soldado, pesado y recto, defiende al guerrero.
El casco cubre la cara para que nunca te miren a los ojos…
Y no sé qué hacer. Miro la figurita yo también y
espero, simplemente, a que descargue el golpe.
(ilustración: Esperanza Peinado)
12:53
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Esperanza
"No querrás ser siempre un trozo de madera, ¿eh, Capitán?" me preguntó ella.
No sé por qué me llamaba capitán. Se había traído "Los cañones de Navarone" y puede que confundiera mi abrigo con una casaca de uniforme. pero tenía razón: si no lees, los sueños se te quedan pequeños en seguida y, sin sueños, no puedes crecer. Sólo te haces más viejo, como estas cosas que tengo colgadas.
Las mañanas son algo aburridas pero, por las tardes, la veo llegar desde lejos, con el pelo rubio de tanto sol y la bolsa con el libro y la merienda. Se sienta cerca y leemos. Ahora estamos con "La isla del tesoro", así que sigo siendo un capitán. Ella lee más deprisa, pero la voy pillando. No voy a ser un trozo de madera toda la vida.
(Ilustración y texto de Esperanza Peinado)
13:21
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Esperanza
Al principio, y para sorpresa de todos, el empleo de
pterodáctilos fue un completo fracaso. Eran menos propensos a enfermedades que los
grifos que, a fin de cuentas, siempre habían sido un pastiche entre dos especies,
más impresionantes que prácticos. También eran veloces y resistentes, y un blanco difícil
para los aviones.
Las alas, en cambio, resultaron un problema en el que nadie
había pensado. Dieron por hecho que los jinetes de los grifos dominarían sin
problema sus nuevas monturas, e hicieron falta un alto número de miembros
fracturados para que asumieran que el movimiento era por completo diferente en un
león con alas de águila, que en un animal extinto que parecía el hijo enfadado
de un murciélago y un cocodrilo.
Para cuando el alto mando decidió actuar al respecto, ya se
había lesionado casi la mitad de la plantilla de mensajeros. La guerra estaba
avanzada y el enemigo había sacado provecho de esta desventaja.
Y entonces apareció Riley y todo cambió.
23:53
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Esperanza
Uno de los
perros se llama Pánico, y el otro Helsing. No sé cómo se llama ella, pero tiene
una puntería del infierno.
La
primera vez no le dimos importancia. Los de nuestra raza no nos apreciamos
demasiado, y el pueblo estaba demasiado tranquilo desde que los rumores
empezaron a circular. Unos cuantos supervivientes habían huido durante el día,
a menudo sin llevarse nada con ellos, y los pocos que quedaban eran viejos que
pintaban cruces en los cristales y al oscurecer se atrincheraban en sus casas,
así que ella era lo más parecido a un reto que teníamos hace meses. Baena, que ya
en vida era un tipo peligroso y no pensaba dejar que nadie lo olvidara después
de muerto, se echó a reír y salió a por ella con sus amigos (o lo más parecido
que hay entre nosotros: ¿Esbirros? ¿Cómplices?), amenazando a quien intentara
adelantársele. La noche siguiente regresó solo y sangraba: había pasado el día
enterrado en una zanja y aún así lanzaba alaridos con lo que pensaba hacerle,
las cosas que haría para vengarse, las horas que tardaría en morir.
Más
de la mitad se fue con él, pero otros ya intuíamos que había que salir de allí,
que no iba a regresar ninguno. A lo mejor, si los hubiéramos usado de
distracción, hubiésemos podido huir esa misma noche. Quizá ni aún así. La
tercera noche reunimos un par de vehículos y mantas para cubrir los cristales y
dejamos el pueblo como ratas, en silencio. Vimos la cabeza de Baena clavada en
el cartel de salida, y luego el conductor cayó muerto y nos salimos del camino.
Aún sonaron algunos tiros más, aunque los perros fueron lo peor.
No
sé si los que intentaron ir monte a través lo han conseguido. A mí ya me da
igual, he llegado hasta aquí y prefiero quedarme. Al menos he encontrado algo
de beber mientras la espero.
(Ilustración de Esperanza Peinado)
12:04
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Esperanza
Siempre se
habla de que ves pasar toda tu vida cuando estás a punto de morir, pero muy
poca gente te cuenta que lo que experimentas es sorpresa. En el fondo, no
comprendes porqué tu plan de vivir eternamente, que estaba funcionando tan bien
hasta el momento, ha fallado justo ahora. Que el último beso que diste fue eso,
exactamente: el último beso. Que el whisky de esta mañana ha sido el último también.
Y,
en casos como éste, puede que te preguntes a quién has cabreado tanto. No es
una profesión fácil, pero los más duros, los más rápidos o, incluso, algún
pobre diablo con suerte, llegan a viejos. Yo conozco a un par que han sabido
hacerlo bien, y no parecen más listos que tú o que yo. Así que te preguntas si
es que te pasaste de ingenioso en un comentario, o si averiguaste demasiado
como para vivir y demasiado poco como para sacar tajada, o si has compartido
cama con quien no debías. O puede que haya sido un poco de cada cosa.
Te miro ahí,
en el suelo, y me pregunto si estás pensando en esto.
Ilustración de Esperanza Peinado
12:32
Publicado por
Esperanza